Lo que se presentó como una “cargada” en la tribuna de Rosario Central expone algo más profundo: una forma de masculinidad que convierte lo femenino en objeto de humillación y reproduce violencias que el fútbol todavía se resiste a reconocer.
Lo que se presentó como una “cargada” en la tribuna de Rosario Central expone algo más profundo: una forma de masculinidad que convierte lo femenino en objeto de humillación y reproduce violencias que el fútbol todavía se resiste a reconocer.
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